Buenos Aires es una ciudad que premia a quienes la recorren despacio. Entre sus barrios más reconocidos se esconde un rincón elevado, silencioso y con una personalidad propia que lo distingue del resto del tejido urbano: una pequeña zona conocida como «La Isla», ubicada en pleno corazón de Recoleta.
Un enclave por encima del ruido porteño
La Isla es un sector reducido dentro de Recoleta que reúne algunas de las calles más distinguidas y tranquilas de toda la ciudad. Su nombre no es casual: el desnivel natural del terreno obliga a acceder por escalinatas, lo que genera una separación casi física con el movimiento frenético del resto de Buenos Aires. Una vez arriba, el ambiente cambia por completo. El ruido se atenúa, el ritmo se vuelve pausado y la sensación es la de haber ingresado a un mundo aparte, con identidad y atmósfera propias.
El área abarca apenas ocho manzanas, delimitadas por las avenidas Las Heras, Pueyrredón, del Libertador y la calle Agüero, y tiene como vecinas inmediatas a la Biblioteca Nacional y la Plaza Mitre. Esa configuración elevada y contenida le otorga un carácter íntimo que contrasta con el dinamismo habitual de la ciudad.
A eso se suma la presencia de sedes diplomáticas en la zona, como la Embajada del Reino Unido, lo que convirtió al sector en un área con niveles de seguridad elevados. La combinación de quietud, privacidad y localización privilegiada explica que históricamente haya sido elegida como lugar de residencia por familias tradicionales y de alto poder adquisitivo de Buenos Aires.
De quinta familiar a barrio de élite
El origen de La Isla se remonta a fines del siglo XIX, cuando toda esa superficie formaba parte de una extensa propiedad en manos de la familia Hale-Pearson, descendientes de Samuel Brown Hale, un ganadero estadounidense nacido en 1804 que llegó a Buenos Aires en 1830 y ocupó la vicepresidencia de la Sociedad Rural. La llamada Quinta Hale superaba los 82.000 m². Con el tiempo, el terreno pasó a la firma británica Baring Brothers.
En 1906, el intendente Alberto Casares tomó la decisión de adquirir esos terrenos con una visión ambiciosa: desarrollar un barrio-parque que aprovechara la barranca natural como mirador y espacio verde. Para concretar esa idea convocó al arquitecto francés Joseph Antoine Bouvard, exdirector del área de Arquitectura, Paseos y Forestación de París y autor, entre otras obras, de las diagonales Norte y Sur de la ciudad.
El proyecto prosperó rápidamente. El predio fue urbanizado y fraccionado, y los lotes comenzaron a ser adquiridos para construir residencias de lujo: petit hôtels, casonas con jardín y mansiones propias de la alta sociedad porteña. De todo ese patrimonio edilicio, la única construcción que sobrevivió hasta hoy es la antigua propiedad de la familia Madero-Unzué, actualmente sede de la Embajada Británica.
La transformación del siglo XX
Alrededor de 1930 se completó el último loteo del área y comenzaron a aparecer los primeros edificios de departamentos, en un territorio que hasta entonces había estado dominado por viviendas unifamiliares. Los herederos de Samuel Hale mantuvieron durante la primera mitad del siglo XX un sector próximo a las calles Agote y Guido, que finalmente fue incorporado a los jardines de la embajada.
A partir de los años cuarenta, impulsada por la sanción de la Ley de Propiedad Horizontal y el consecuente auge de la construcción, gran parte de las antiguas residencias fue demolida para dar paso a edificios de categoría. Hoy, La Isla presenta una fisonomía dominada por torres de más de diez pisos levantadas principalmente entre las décadas de 1950 y 1980, que le dieron el perfil elegante y singular que conserva hasta la actualidad.

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