Puerto Madero se convirtió en el primer barrio porteño en avanzar de manera integral hacia un modelo de recolección de residuos sin contenedores en la vía pública. La experiencia, que comenzó como prueba piloto y luego se extendió al conjunto del barrio, reemplazó el esquema tradicional de “contenedores en la calle” por un sistema edificio por edificio, adaptado a las características urbanas y productivas de la zona.
La lógica es simple: en lugar de que los vecinos —y grandes generadores como restaurantes u oficinas— depositen bolsas en contenedores, los residuos se retiran directamente desde cada edificio. El Gobierno de la Ciudad explicó que se trata de un modelo más adecuado para un barrio con alta densidad de consorcios y una concentración importante de locales gastronómicos y empresas. Esa particularidad hace que los contenedores, además de saturarse con rapidez, generen problemas de higiene, malos olores y desorden en veredas, especialmente en horarios pico.
El proceso de “descontenerización” se implementó por etapas: se retiraron contenedores del espacio público y se establecieron reglas de coordinación con consorcios, comercios y administraciones para definir horarios y modalidades de retiro. El objetivo es reducir puntos de acumulación, mejorar la limpieza del entorno inmediato y ordenar la disposición de residuos de manera más controlada. El esquema también exige corresponsabilidad: edificios y grandes generadores deben organizar internamente la entrega de residuos y cumplir con pautas que permitan a la empresa recolectora retirar de forma eficiente.
Entre los argumentos oficiales aparece un punto central: cuando la bolsa llega a un contenedor, se pierde trazabilidad. En cambio, el retiro puerta a puerta permite detectar fallas, corregir prácticas y mejorar el cumplimiento de separación, especialmente en reciclables. Además, al retirar contenedores, se libera espacio en la vía pública y se mejora la circulación peatonal. En Puerto Madero —donde veredas y espacios comunes conviven con una presencia turística constante— ese factor no es menor.
El sistema, de todos modos, implica desafíos operativos: requiere coordinación horaria, refuerzos de fiscalización y campañas de comunicación para evitar que residuos queden expuestos fuera de los momentos previstos. También demanda una logística de recolección más fina, con rutas definidas por edificios y capacidad de absorber picos de generación (por ejemplo, fines de semana gastronómicos o eventos).
Desde una perspectiva urbana más amplia, Puerto Madero funciona como laboratorio: un barrio con condiciones “controlables” para probar un modelo que, si se sostiene en el tiempo, podría inspirar cambios en otras zonas con alta densidad de consorcios y grandes generadores. Sin embargo, replicarlo no sería automático: el impacto depende de infraestructura edilicia, gestión consorcial y hábitos de disposición.
Lo que está en juego, en definitiva, es una discusión de fondo sobre el espacio público: si los contenedores son un servicio necesario pero imperfecto, la recolección edificio por edificio propone un esquema donde la limpieza se negocia con reglas más precisas y responsabilidades compartidas. Para Puerto Madero, la apuesta es clara: menos basura en la calle, más orden y un barrio con veredas más limpias y transitables.

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