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  Nueva Pompeya: historia, leyenda y memoria de un barrio porteño

Popular y hermosa, con un estilo casi irreproducible, Pompeya creció vinculada al Tango.Su gente ,sus vecinos y su ambientación hablan por si solos.Un barrio donde se respira tango, solidaridad y porteñidad barrial.

«Se erigía, concretamente, entre lodazales, terrenos vacíos, terraplenes y acumulaciones de basura e desechos fabriles… charcos oscuros, veredas disparejas… trenes hendiendo las tardes, faroles rojos y señales verdes, tenía su poesía», dejaba escrito Homero Manzi en la contratapa de «Barrio de Tango» (1942), uno de los tantos creadores que le dedicaron versos a estas cuadras que aún sostienen con fiereza su identidad de barrio-pueblo.

Por el antiguo sendero de Burgos, hoy avenida Amancio Alcorta, desfilaron los invasores ingleses en 1807, resonó el último disparo de la Buenos Aires separatista de 1880 y se consumaron las matanzas de la Semana Trágica de 1919. Desde el primer piso del Colegio Luppi de la calle Tabaré, Manzi vislumbraba esas historias y las volcaba en «Sur», junto a Troilo: «más allá la inundación». Imágenes como «la esquina del herrero, barro y pampa» que moldearon, con su genio, la identidad porteña.

Porque en algún baile de hijas del Pueblo de las Ranas hacia 1870, de la milonga se trepó al tango derecho viejo de Villoldo y Arolas. «Sos el cuadro bravo de la ciudad», escribiría Carlos de la Púa, en versos que resuenan junto a los del grupo punk 2 Minutos de los noventa: «relucían las cadenas, relucían las navajas», retrato fiel de la dureza cotidiana a ambas márgenes del Riachuelo.

Barrio fabril y obrero, con olor a río quieto y memoria de curtiembres y mataderos, que forjó una solidaridad vecinal sin distinciones. «La gente era muy unida, muy de ayudarse unos a otros.

  Cuna del Tango  

Transitada desde los tiempos de Pedro de Mendoza, la zona fue escenario de choques entre indios y españoles en 1536. Tierras poco apreciadas por las inundaciones recurrentes, aunque las poderosas familias Rojas y Acevedo explotaban allí la ganadería, anticipo de los saladeros que transformarían el paisaje. El primer poblador estable fue el soldado Domingo Díaz, asentado en 1728 en la bajada del Puente Alsina, quien vendió su propiedad al alférez Bartolomé Burgos en 1744. Este controlaba el estratégico paso de mercaderías —legales y clandestinas— que durante décadas llevaría su nombre.

Tras pasar por el filántropo Francisco Álvarez Campana, las tierras llegaron al vasco Enrique Ochoa en 1820, quien impulsó el primer Puente Alsina en 1857 —con el cobrador Martín Yrigoyen, ambos padres de futuros presidentes— y dinamizó la zona con la industria porcina. Graserías, curtiembres y chacinados emplearon a los primeros inmigrantes desde 1860. Entre ellos, el italiano Santos Luppi, que levantó una curtiembre modelo en 1869 con 30.000 metros cuadrados de talleres y fundó la escuela donde se formaron Manzi y otros ciudadanos notables.

Al sur del puente creció el Pueblo de las Ranas, con casi 3.000 habitantes a principios del siglo XX, donde la gente marginada subsistía de los residuos de la Quema —actual Parque Patricios— y se reunía en la fonda de Mecedoro, señalada por algunos como cuna del Tango. Otros ubican ese origen mítico en la pulpería María Adelaida o en La Blanqueada, refugio de payadores y cuchilleros como el Isidoro Acevedo de Borges.

El capuchino Darío Broggi, con el apoyo de Adelaida Z. de Ayerza, colocó el 14 de mayo de 1896 la piedra fundamental de la Basílica de Nuestra Señora de Pompeya en Esquiú y avenida Sáenz, joya del neogótico con vitrales espectaculares. La obra concluyó en 1905 y consolidó el corazón de lo que comenzó a llamarse Nueva Pompeya. Las inundaciones de 1900, 1911 y 1913 impulsaron la creación del Comité de Agitación vecinal, que bregó por la rectificación del Riachuelo, concretada recién en los años cuarenta. En 1938 el Puente Alsina fue renovado con estética neocolonial y, aunque le impusieron el nombre del golpista Uriburu, el habla popular restituyó el nombre histórico —desde 2015 el Congreso lo llamó Puente Ezequiel Demonty, en memoria de un joven víctima de violencia policial en 2002.

«Era Pompeya en donde me crié y digo de mi madre la voz puesta en un cuento donde el mundo era de aire, luz y estrellas», escribía Julián Centeya, evocado en la Esquina de los Poetas de Centenera y Tabaré. Desde Bioy Casares hasta Pío Collivadino, desde Vacarezza hasta Abraham Vigo, la musa mistonga brotó siempre de estas cuadras. Ese espíritu tanguero pervive junto a la solidaridad que retrató Evar Méndez en 1920: la escuela de la Quema, «la más pobre, la más sucia… Almafuerte le hubiera dedicado un himno.» Como los panaderos Lomazzi y Magnani, que repartían pan cada vez que el agua crecía. Barrio-pueblo templado en la fraternidad. «Pompeya es mi esposa / la que va conmigo y me apuntala / toda la vida.»

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